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| Caspar Friedrich - Salida de la Luna en el mar. |
Hace ya algún tiempo que pensaba en la frase "el mar no cesa" y no dejaba de venir a mi mente la imagen de un mar siempre vivo que expresaba esa vida en el movimiento perpetuo de sus aguas. Esta metáfora, se me ocurre, se puede usar para describir el devenir: el cambio perpetuo de todo. Este devenir constante y eterno está justificado si se acepta el argumento de que el tiempo es un circulo justo como lo pensaban los griegos: un gran circulo en el que el mismo punto de partida es el mismo punto final, donde todo comienza todo finaliza; donde todo finaliza, todo comienza, esto es el eterno retorno de las cosas, mediante el cuál se conserva la vitalidad en la eternidad. Entonces se podría cuestionar cómo es que conserva dicha vitalidad si todo cambia y en el cambio nada permanece, a esto habría que decir que el cambio en tanto movimiento (metamorfosis) renueva los procesos, marcando una temporalidad en cada uno de ellos, permitiendo el flujo de todas las cosas en la totalidad de éstas y al retornar, todo vuelve a surgir y ser una vez más. El mar nunca trae consigo las mismas aguas, siempre se mantiene en movimiento renovando todo lo que hay en sí, Heráclito sugería como metáfora del "Logos" al mar primigenio, un mar sin límites conocidos que era capaz de fundir en su interior a la tierra misma, abarcando todo, moviendo todo de lugar. Sin gastar la metáfora pero para ilustrar lo mismo propone la metáfora del río que, a pesar de seguir siendo el mismo río, sus aguas no son las mismas. Tampoco nosotros somos los mismos, no escapamos al cambio y sin embargo pensamos permanecemos, que somos los mismos de ayer o de hace un año. A dicho filósofo griego se le ocurre una metáfora más, la del fuego: Cambia aquello que consume pero su llama sigue siendo la misma. Somos y no somos los mismos. Entonces ¿qué es aquello que permanece no sólo en la realidad, sino en nosotros mismos, aquello que hace que sintamos una identidad y una identificación con el ayer y con el hoy? Heráclito responde que es el "Logos", única ley que resulta inmanente a todo, que permanece en todo y que rige todo, un poder que se encuentra en todas las cosas y en ninguna, no obstante, lo anterior puede resultar oscuro y tan solo es una interpretación a dicho autor. Otra solución al problema de la permanencia o de la identidad en las cosas la propondría Hegel, para quien en las relaciones dialécticas (la lucha de opuestos) quedaba expresado dicho cambio, sin embargo, cada cambio quedaba contenido en el siguiente y así sucesivamente, de manera que se mantenía una cadena que podía explicar las conexiones de los cambios que han llevado del ayer al hoy. Cierto, no somos los mismos de ayer pero los cambios dados pueden tener un sentido si hemos de querer darle uno que muchas veces es la identidad que guardamos, quien pensamos que somos o sentimos que somos. Las cosas no son las mismas y tampoco volverán a ser las mismas, lo anterior aplica para nosotros también.
Ante este constante devenir, muchos han buscado explicar un sentido del mismo, una finalidad del mismo: para los griegos era la renovación eterna de las cosas en el eterno retorno dado por el devenir constante, Kant propone que si no hay un sentido en el cambio constante o una finalidad explicita, es mejor pensar que todos los cambios son parte de un progreso y que siempre se avanza para mejor. Hegel pensaba un poco similar a lo anterior. Es preciso aceptar los cambios y aceptar que, a partir de estos, las cosas no vuelven a ser las mismas, sin embargo, es preciso edificarse a uno mismo en el cambio, darle un sentido a dichos procesos y dar el significado que nos parezca, nos hace mejores para nosotros mismos. El mar no cesa, las cosas están en el mar y son del mar al igual que nosotros, que tampoco cesamos.


